Congreso Universidad, mayo-agosto 2026; 12(2), e87

Presentado en el XI Taller Internacional “La transformación digital y las tecnologías de avanzada en la Educación Superior”

 

Artículo científico

Ética y humanismo en la era de la inteligencia artificial: desafíos para la educación y el pensamiento crítico

 

Ethics and humanism in the age of artificial intelligence: challenges for education and critical thinking

 

Israel Peralta Bonifacio1 0000-0003-3099-8417 iperalta33@uasd.edu.do

1 Universidad Autónoma de Santo Domingo. República Doinicana.

 

Recibido: 12/03/2026
Aceptado: 28/05/2026


RESUMEN

Este estudio analizó los desafíos éticos y humanistas que plantea la inteligencia artificial para la educación contemporánea, se tomó como punto de partida la transformación profunda que esta tecnología introduce en la autonomía, el pensamiento crítico y la subjetividad moral. El problema central radicó en que la inteligencia artificial no solo actuó como herramienta técnica, sino como agente epistémico capaz de mediar la percepción, el aprendizaje y la toma de decisiones, lo que reconfiguró el lugar del ser humano en los procesos formativos, y amenazó con automatizar el juicio y la reflexión. El diseño teórico se estructuró en torno al humanismo como horizonte ético, la ética frente a la automatización de la razón y la relación entre técnica y conciencia. Se desarrolló desde un enfoque cualitativo y un paradigma hermenéutico-crítico, desde un proceso de revisión documental, análisis interpretativo y síntesis argumentativa para comprender los efectos éticos, epistemológicos y pedagógicos de la inteligencia artificial. Los hallazgos mostraron que la inteligencia artificial pudo erosionar la autonomía, potenciar la desigualdad, debilitar la formación moral y promover un modelo tecnocrático que desplazó la reflexión crítica. Al mismo tiempo, el estudio concluyó que la educación humanista fue esencial para orientar la tecnología hacia la vida, fortalecer el pensamiento crítico, reducir brechas digitales y garantizar su función como herramienta complementaria y no como sustituta del juicio humano.

Palabras clave: educación contemporánea; ética educativa; humanismo digital; inteligencia artificial; infosfera; pensamiento crítico.


ABSTRACT

This study analyzed the ethical and humanistic challenges that artificial intelligence (AI) poses to contemporary education, taking as its starting point the profound transformation that this technology introduces to autonomy, critical thinking, and moral subjectivity. The central problem lies in the fact that AI not only acts as a technical tool but also as an epistemic agent capable of mediating perception, learning, and decision-making, thus reconfiguring the role of human beings in educational processes and threatening to automate judgment and reflection. The theoretical framework was structured around humanism as an ethical horizon, ethics in the face of the automation of reason, and the relationship between technology and conscience. Authors such as Floridi, Morin, Dussel, Fromm, Haraway, Searle, and Habermas allow for the interpretation of AI as a technological, cultural, and ontological phenomenon that redefines the notions of intelligence, subjectivity, and moral responsibility. This study was developed using a qualitative approach and a hermeneutic-critical paradigm, employing a process of documentary review, interpretive analysis, and argumentative synthesis to understand the ethical, epistemological, and pedagogical effects of AI. The findings showed that AI can erode autonomy, exacerbate inequality, weaken moral development, and promote a technocratic model that displaces critical reflection. At the same time, the study concluded that humanistic education remains essential for orienting technology toward life, strengthening critical thinking, reducing the digital divide, and ensuring that AI functions as a complementary tool, never as a substitute for human judgment.

Keywords: contemporary education; educational ethics; digital humanism; artificial intelligence; infosphere; critical thinking.


 

INTRODUCCIÓN

La humanidad se encuentra ante una de las transformaciones más profundas de su historia: la emergencia de la inteligencia artificial (IA) como agente epistémico, productivo y cultural. Lejos de ser una simple herramienta técnica, la IA se ha convertido en un nuevo entorno de pensamiento, capaz de mediar la percepción, la comunicación y la toma de decisiones humanas.

Nunca antes, se había tenido el poder de manipular la genética humana para alterar la biología de manera positiva y predecible Stock (2002, citado por Galparsoro, 2025). Para Floridi (2019) el mundo de hoy vive en la infosfera, un espacio en el que los datos y los algoritmos configuran la ontología de la realidad social, describe cómo la infosfera representa un entorno de información donde los agentes humanos y artificiales coexisten y la estructura ontológica de lo real se ve mediada por datos, algoritmos y sistemas informacionales. Este fenómeno exige repensar el sentido del humanismo y de la ética en una época donde la autonomía y la razón se ven progresivamente compartidas con sistemas artificiales.

El problema ético no radica únicamente en el uso instrumental de la IA, sino en su potencial para redefinir el lugar del ser humano. Como advierte Savater (1991) la ética consiste en decidir quién se quiere ser, por lo que la pregunta es a qué tipo de humanidad se aspira y qué se pretende preservar frente a su expansión. En este horizonte, la educación emerge como espacio privilegiado para reconstruir la subjetividad moral y el pensamiento crítico, amenazados por la automatización del juicio.

Desde una perspectiva humanista, autores como Morin (1999) recuerdan que educar implica aprender a vivir, cultivar la conciencia de interdependencia y la responsabilidad; no obstante, el paradigma tecnocrático dominante orienta la educación hacia la eficiencia y la productividad y desplaza la formación ética por la instrucción técnica: es ahí donde se presenta el gran desafío.

La IA, al ofrecer soluciones automatizadas, puede agravar esta tendencia si no se integra desde una ética del cuidado y de la alteridad, como propone Dussel (1998) en la que la técnica se subordine a la vida y no al mercado. El objetivo de este artículo es analizar los desafíos éticos y humanistas que plantea la IA para la educación contemporánea, y como objetivos específicos:

 

MATERIALES Y MÉTODOS

Este estudio adoptó un enfoque cualitativo porque se centró en la interpretación y comprensión de fenómenos socioculturales, filosóficos y educativos vinculados a la irrupción de la IA y sus implicaciones éticas y humanistas. El paradigma hermenéutico-crítico permitió analizar el uso de la IA como tecnología y constructo cultural y ético que transformó la comprensión del ser humano, la educación y el pensamiento crítico.

Se buscó interpretar discursos, teorías y prácticas educativas desde una mirada reflexiva que cuestionó la instrumentalización de la racionalidad técnica (Habermas, 1987) y proponer una revalorización del humanismo como principio orientador del desarrollo tecnológico (Morín & Buxó, 2001; Dussel, 1998).

La formación del pensamiento crítico y la conciencia moral fueron el eje de una nueva pedagogía humanista, capaz de dialogar con la IA sin sucumbir a su lógica instrumental. Para ello, se analizaron los fundamentos del humanismo y de la ética frente a la revolución tecnológica, así como las implicaciones pedagógicas de este proceso. Por tanto, la estructura metodológica incluyo tres fases: revisión teórica y documental, análisis crítico-hermenéutico y síntesis argumentativa.

 

RESULTADOS Y DISCUSIÓN

El humanismo, desde su origen renacentista, se concibe como una afirmación del valor intrínseco del ser humano frente a las fuerzas que lo cosifican o subordinan. Para Fromm (1961) el humanismo auténtico consiste en reconocer al hombre como el centro de toda reflexión, en el sentido de humanizar al mundo no de dominarlo. Este principio ético se actualiza hoy ante el desafío de las tecnologías inteligentes que tienden a reemplazar las dimensiones racionales, emocionales y creativas del sujeto.

Morin (1999) advierte que la crisis contemporánea del humanismo se debe a la pérdida de valores y a la fragmentación del saber: hemos aprendido a disecar la realidad, pero no a comprender su totalidad (p. 25). En ese contexto, la educación humanista debe responder a la necesidad de reconstruir la unidad del conocimiento y reinsertar al individuo en una trama ética global. La irrupción de la IA pone a prueba esta visión, ya que redefine lo que se entiende por conocimiento, inteligencia y autonomía moral.

El humanismo en la era digital debe asumirse como un humanismo relacional, donde el ser humano no es el centro absoluto del cosmos, pero sí el único agente capaz de dotar de sentido ético a la técnica. Ya que sin el sujeto no se puede abordar la ética, pero tampoco al ser que crea y potencializa la técnica hasta convertirla en IA. Como sostiene Dussel (1998) la técnica se vuelve ética solo cuando sirve a la vida.

Si la ciencia, la técnica y la tecnología, en todas sus manifestaciones, no están orientadas a favor del ser humano carecen de sentido. Desde luego, esta concepción permite superar tanto el antropocentrismo clásico como el tecnocentrismo contemporáneo, para promover una relación simétrica entre humanidad y tecnología, basada en la responsabilidad y el respeto a la dignidad.

La ética frente a la automatización de la razón

La ética en el contexto de la IA implica interrogar los fundamentos de la acción moral cuando las decisiones se transfieren parcial o totalmente a sistemas algorítmicos. Morín y Buxó (2001) ha denominado este fenómeno la infosfera moral, un espacio donde los agentes artificiales adquieren una forma limitada de autonomía decisional. Esto plantea dilemas inéditos sobre la responsabilidad moral, la transparencia y el impacto social de las decisiones automatizadas.

Bostrom (2014) advierte que la IA, en su versión más avanzada, puede desencadenar una explosión de inteligencia que supere la comprensión humana, lo que exige desarrollar marcos éticos preventivos antes de que los sistemas adquieran un poder irrestricto. La ética de la IA no debe reducirse a un conjunto de normas técnicas, sino constituirse como un campo reflexivo sobre los fines mismos del conocimiento y la acción.

En este sentido, Verbeek (2011) introduce el concepto de hermenéutica tecnológica, según el cual toda tecnología media nuestra comprensión del mundo y, por tanto, debe diseñarse desde valores explícitos. Por eso Chomsky et al. (2023) explica que la mente humana es un sistema sorprendentemente eficiente e incluso elegante que opera con pequeñas cantidades de información; no busca inferir correlaciones entre datos, sino crear explicaciones.

Savater (1991) complementa esta idea desde la filosofía moral: la ética nace de la necesidad de convivir y reconocerse en el otro (p. 54). Así que toda acción ética siempre integra lo colectivo; se da sobre la base de una comunidad. El sujeto que se construye y se complementa con la mano de los otros. En consecuencia, los sistemas de IA deben orientarse por una ética dialógica, que preserve la reciprocidad y el respeto.

La automatización del juicio no puede eliminar la deliberación moral porque la esencia de la ética reside en la capacidad de decidir con conciencia y empatía. Ya lo dijo Aristóteles desde su concepción del hombre como un ser social por naturaleza "el sujeto lleva consigo de forma natural las condiciones biológicas que le son inherentes y que lo hacen consciente de su necesidad de crecer en un ambiente de colectividad o, lo que es igual decir, en una sociedad" (Aristóteles, 1988, p. 1253a2-3).

Inteligencia artificial: entre la técnica y la conciencia

La IA se define, en términos generales, como la capacidad de las máquinas para realizar tareas que requieren inteligencia humana: aprender, razonar, reconocer patrones y tomar decisiones (Rusell & Norvig, 2021). Sin embargo, más allá de su definición técnica, la IA representa una mutación ontológica del conocimiento, pues convierte el pensamiento en un proceso computacional.

Haraway (1985) problematiza esta transformación desde su Manifiesto ciborg, al señalar que el sujeto contemporáneo es un híbrido entre organismo y máquina, un ser ciborg que desdibuja las fronteras entre lo natural y lo artificial. Esta hibridación reconfigura la noción clásica de conciencia y agencia moral.

Churchland (1986) sostiene que la mente es lo que el cerebro hace, abre la posibilidad de una comprensión neurocomputacional de la inteligencia; no obstante, como objeta Searle (1980), los programas informáticos no son mentes ni poseen intencionalidad, y aunque la IA pueda simular razonamientos, carece de vivencia fenomenológica y, por tanto, de moralidad.

Está condicionada a desarrollar procesos algorítmicos a partir de los datos que ya se le han suministrado. No puede dar lo que no tiene, solo lo que el ser humano ha sido capaz de proporcionarle en función del conocimiento que se ha generado. De ahí la urgencia de desarrollar una ética de la interpretación tecnológica, donde el ser humano conserve la capacidad de otorgar sentido a los procesos automatizados.

Floridi (2021) insiste en que el mayor riesgo no es que las máquinas piensen, es que los humanos dejen de hacerlo. Y ya eso, hoy por hoy, puede ser considerado como una realidad colectiva en gran parte de la población estudiantil.

La educación, en este sentido, se convierte en el espacio crítico para preservar la reflexión, la empatía y la autonomía frente a la inmediatez algorítmica; principalmente, una educación integral, vinculada a la formación ética que fomente a su vez, una cultura dialógica, donde el ser humano desarrolle la capacidad de ser consciente del gran desafío ético que representa el uso de la IA cuando su implementación se desvirtúa de su razón de ser, como herramienta tecnológica.

Así entendido, el diálogo entre ética, humanismo e IA es una necesidad educativa urgente. La formación del juicio moral y la capacidad de pensar críticamente constituyen el núcleo de la resistencia humana ante la delegación tecnológica de la razón.

Desafíos de la inteligencia artificial para la educación

El impacto de la IA en la educación contemporánea no puede reducirse a la introducción de nuevas herramientas tecnológicas, puesto que implica una mutación epistemológica del acto educativo mismo. Como sostiene Morín y Buxó (2001) la educación debe enseñar la condición humana en su complejidad, pero la automatización cognitiva amenaza con fragmentar esa totalidad al sustituir el pensamiento reflexivo por el procesamiento de información.

En la actualidad, las diferentes plataformas algorítmicas determinan qué contenidos se enseñan, cómo se evalúan los aprendizajes y qué trayectorias formativas se consideran válidas, lo que puede desplazar el juicio docente y la libertad académica. De hecho, un colegio privado en Londres, Inglaterra, llamado David Game College decidió remplazar a los profesores convencionales por IA y realidad virtual en uno de sus cursos (Escobar, 2024). Así que los estudiantes siguen su plan académico, a través de pantallas y gafas de realidad virtual.

Se considera todo lo planteado en este artículo como parte del papel de la ética en la tecnología, ello genera un gran desafío, especialmente cuando se analiza la razón de ser de la IA, como herramienta de ayuda en la producción de nuevos saberes y en la comodidad que brinda en muchas tareas cotidianas. Aún más, concebirla como la herramienta sustituta del rol del docente debe llamar la atención y provocar un análisis profundo sobre el futuro de aquellos actores fundamentales del proceso de aprendizaje: los niños y adolescentes.

La UNESCO (2023) advierte que el uso indiscriminado de IA generativa plantea riesgos pedagógicos, especialmente la pérdida del pensamiento crítico y la autonomía intelectual. Si los estudiantes delegan la tarea reflexiva a los algoritmos, la educación corre el peligro de convertirse en un proceso de reproducción técnica del conocimiento.

De ahí que sea urgente desarrollar políticas educativas que promuevan una alfabetización digital crítica, basada en la comprensión de los sesgos, límites y valores inscritos en las tecnologías, para de esta manera generar un pensamiento basado en lo crítico, lo analítico y lo reflexivo, componentes transversales de todo accionar con enfoque filosófico.

Desde una perspectiva humanista, Freire (1970) denunció la educación bancaria como una forma de opresión cognitiva en la que el sujeto es mero receptor pasivo del saber. En la era de la IA, este riesgo se traduce de la siguiente manera: el estudiante puede transformarse en un consumidor de respuestas automáticas, en un recitador de datos, sin desarrollar conciencia crítica ni capacidad de diálogo, con lo que abandona toda su capacidad como ser pensante, racional y reflexivo hasta delegarla consciente e inconscientemente en un procesador.

Para Freire, nadie educa a nadie, nadie se educa solo; los hombres se educan entre sí mediatizados por el mundo: por tanto, la IA debe concebirse como mediación, como herramienta que ayuda en la búsqueda de informaciones existentes, no como sustitución del proceso educativo, donde la enseñanza y el aprendizaje siempre dependen de sus dos actores principales: docentes y discentes.

El pensamiento crítico ante la automatización

El pensamiento crítico es el núcleo del aprendizaje ético y humanista. Según Ennis (2018) pensar críticamente implica formular juicios razonados y reflexivos acerca de qué creer o hacer. En un contexto donde los algoritmos predicen y sugieren las decisiones, esta capacidad se ve erosionada y derogada. Asti (2019) señala que el mayor peligro de la automatización está en la pérdida de relevancia cognitiva del ser humano. Las máquinas, al ofrecer resultados inmediatos, pueden inducir una mentalidad acrítica, de aceptación automática del dato.

Savater (1997) advierte que la educación debe aspirar a fabricar personas capaces de decidir, los sistemas de IA deben ser empleados como catalizadores del pensamiento y no como sustitutos de la reflexión. La clave está en transformar la relación pedagógica en un espacio de diálogo entre lo humano y lo artificial, donde el docente actúe como guía epistemológica y ética.

El gran desafío consiste en diseñar ambientes de aprendizaje donde la IA estimule la creatividad, la duda y la deliberación moral. Por ejemplo, los algoritmos pueden utilizarse para generar escenarios hipotéticos que inviten a los estudiantes a evaluar consecuencias éticas o para analizar datos sociales desde distintas perspectivas. Entonces, el uso de la IA en la educación debe orientarse hacia la expansión de la conciencia crítica.

Desigualdades y ética del acceso

La ética educativa en la era de la IA no puede desligarse del problema de la justicia social. Como afirma Nussbaum (2010), la educación es el medio más poderoso para desarrollar las capacidades humanas; el acceso desigual a las tecnologías inteligentes puede ampliar las brechas existentes entre países, regiones y grupos sociales.

Para Giga (2024), se estima que aproximadamente 2.6 mil millones de personas siguen aún sin acceso a Internet. Esto es alrededor de un tercio de la población mundial, prácticamente. La alfabetización digital ética se convierte en una forma de equidad donde todos deben tener la posibilidad de usar la IA y no solo de comprender sus implicaciones morales y políticas.

La UNESCO (2021) sostiene que la gobernanza ética de la IA en educación debe basarse en tres principios: inclusión, transparencia y responsabilidad. Estos principios implican que las decisiones algorítmicas en plataformas educativas son auditables y explicables, que se proteja la privacidad de los estudiantes y que la tecnología nunca sustituya la interacción humana; de lo contrario, el sistema educativo puede transformarse en un laboratorio de control y vigilancia digital, contrario a los valores humanistas que le dieron origen.

La desigualdad tecnológica también se manifiesta en la formación docente. Muchos educadores carecen de competencias éticas y críticas para integrar la IA de manera responsable. Morín y Buxó (2001) enfatizan que el conocimiento del conocimiento debe convertirse en un principio educativo. Esto significa enseñar a reflexionar sobre cómo se produce el saber, quién lo controla y con qué fines.

Hay todo un enfoque epistemológico interesante y necesario que debe aplicarse para, de esta manera, profundizar más en la acción cognoscitiva, desarrollar un proceso metacognitivo, en el que el sujeto piensa sobre su propio pensamiento y que, a su vez, se convierte en una evaluación de la propia manera de pensar y de conocer. La formación de maestros críticos frente a la IA es, por tanto, una prioridad epistemológica y moral.

La identidad humana ante la cultura algorítmica

La cultura contemporánea, atravesada por la IA, redefine la noción de identidad y de subjetividad. Haraway (1991) anticipó este proceso al describir la era del ciborg como una hibridación simbiótica entre humano y máquina. Hoy, los algoritmos configuran nuestras preferencias, afectos y vínculos sociales, lo que plantea una crisis del yo. Desde la ética educativa, esta situación exige reafirmar la conciencia del sujeto como agente libre y responsable.

Dussel (2015) propone un humanismo de la alteridad que coloque al otro y no al yo técnico en el centro de la ética. Este principio puede aplicarse a la educación digital como una invitación a humanizar el algoritmo, a diseñar entornos donde la tecnología fomente el encuentro, y no el aislamiento. En esta línea, la UNESCO (2023) subraya que la IA debe concebirse como una herramienta de solidaridad y cooperación, no de competencia.

La IA debe usarse como herramienta complementaria de lo que se hace en el día a día, no de sustitución de la tarea exclusiva del ser humano que es precisamente, la de tomar decisiones desde las complejidades de la propia existencia humana, donde los componentes crítico, analítico y reflexivo lo conduzcan hacia sí mismo, hacia los otros, hacia la diversidad que enriquece la vivencia común de los que conforman la sociedad.

El ser humano no puede seguir depositando todos sus valores y toda su capacidad en la IA, negarse a sí mismo y delegar su sentido y su ser a una herramienta tecnológica, fruto de la misma capacidad humana. El pensamiento crítico, entendido desde esta perspectiva, es también un acto de resistencia cultural. Implica cuestionar los discursos tecnocráticos que presentan la IA como inevitable o neutral. Como advierte Morin (2015), no hay progreso técnico sin progreso ético. La educación, en consecuencia, se convierte en el espacio donde el humanismo puede renacer como praxis reflexiva frente a la automatización.

La inteligencia, las capacidades y las destrezas humanas son producto de sistemas educativos avanzados. A su vez, estos sistemas educativos robustos generan progreso social, porque forman a un ser humano capaz de producir conocimiento y utilizarlo para transformar su realidad. En este sentido, la transformación social es el resultado directo de un proceso educativo que potencia las competencias humanas y orienta ese desarrollo hacia la mejora colectiva. Por tanto, el desafío consiste en adaptar la educación a las nuevas tecnologías y reconfigurar el humanismo pedagógico a la luz de la IA.

Humanismo, pensamiento crítico y educación digital

La educación, entendida desde la tradición humanista busca la formación integral del ser humano. Según Maritain (1943) el fin último de la educación es hacer del hombre un ser más plenamente humano; esta afirmación resume el núcleo del proyecto humanista, que es la educación como desarrollo de la dignidad, la libertad y la conciencia moral.

Sin embargo, en la era de la IA estos fines corren el riesgo de diluirse frente a la lógica de la eficiencia tecnológica y el rendimiento algorítmico. Hoy, más que hablar de esas condiciones inherentes del ser humano, se habla de la capacidad de las máquinas en la realización de las tareas.

La IA posee capacidades extraordinarias, pero también límites esenciales cuando se compara con la inteligencia humana. Se destaca por su velocidad de procesamiento, su capacidad para analizar grandes volúmenes de datos, su habilidad para ejecutar tareas repetitivas con alta precisión, para identificar patrones complejos, optimizar procesos y aprender a partir de información previamente almacenada; no obstante, su inteligencia se limita al marco de los algoritmos y datos con los que ha sido diseñada, no posee conciencia, comprensión profunda del sentido, intención ni juicio moral.

Según Future of Life Institute (2023) los sistemas de IA con inteligencia humana competente pueden plantear riesgos profundos para la sociedad y la humanidad, como lo demuestra una extensa investigación, y lo reconocen los principales laboratorios de IA.

Los sistemas de IA que alcancen capacidades comparables a la inteligencia humana pueden generar riesgos muy serios para la sociedad. Los principales creadores de estos sistemas y la investigación científica a través de los múltiples hallazgos lo reconocen. La IA avanzada representa un cambio profundo en la historia de la vida humana y debe planificarse y administrarse con el cuidado y los recursos correspondientes.

Desafortunadamente, este nivel de planificación y gestión no está ocurriendo, dado que en los últimos meses los laboratorios de IA han entrado en una carrera fuera de control por desarrollar e implementar mentes digitales cada vez más poderosas, que nadie, ni siquiera sus creadores puede entender, predecir o controlar de forma fiable. De modo que esta carrera tecnológica sin regulación adecuada puede derivar en consecuencias inesperadas o peligrosas para la humanidad.

Morin (1999) sostiene que la educación contemporánea debe enseñar a afrontar la incertidumbre y asumir la complejidad. La IA, con su poder de predicción y cálculo, puede generar una ilusión de certeza total y anular el valor educativo del error, la duda y la reflexión.

Por ello, el humanismo debe reafirmarse como resistencia epistemológica frente al pensamiento computacional, y esto implica: enseñar a no repetir respuestas, a formular preguntas; a no seguir instrucciones, a comprender el sentido de los procesos; a no seguir patrones algorítmicos, a analizarlos; a no ser pasivos, a ser activos del proceso; a no abandonar lo que es propio e inherente del ser, como la capacidad de desarrollar destrezas cognitivas y con ello, formular preguntas desde la realidad y los problemas que se viven.

Esto es parte del gran desafío que enfrenta la humanidad hoy, especialmente esa población que va creciendo, que son los estudiantes. Son muchos los países que han tenido que volver al modelo educacional de no uso de dispositivos tecnológicos hasta cierta edad, mientras se está desarrollando el proceso de enseñanza-aprendizaje.

Un caso puntual se da en Francia, donde un panel de expertos recomendó que los niños menores de 11 años no tengan celular, los menores de 13 años no tengan smartphone con internet y que los menores de 15 años no accedan a redes sociales convencionales (Hummel, 2024). Esto sucede precisamente porque los resultados esperados de la implementación del uso excesivo de estos aparatos han provocado precisamente la carencia del desarrollo del pensamiento crítico, analítico y reflexivo.

Otro aspecto es que la relación entre ética y humanismo en la educación digital exige revisar el papel del docente. Lejos de ser desplazado por la tecnología, el educador debe convertirse en un mediador crítico entre la razón humana y la razón artificial. Como señala Savater (1997) educar es enseñar a elegir bien, no a obedecer ciegamente. En consecuencia, el humanismo pedagógico debe orientarse a fortalecer la autonomía del estudiante, en un mundo donde la delegación cognitiva a las máquinas se vuelve cada vez más común.

El estudiante debe ser capaz de identificar lo que necesita aprender, establecer metas claras, seleccionar las estrategias adecuadas para alcanzarlas, forjarse un proyecto de vida, pensar desde su propia realidad, aplicar la metacognición, para evaluar su propia manera de pensar, autorregular su accionar, monitorear cada paso que da, reconocer sus fortalezas y debilidades e ir tras ellas para crecer. En definitiva, el estudiante autónomo comprende que aprender es un proceso continuo, estudia para desarrollar competencias, destrezas, pensamiento crítico y crecimiento tanto personal como profesional.

La IA constituyó un desafío ético y humanista estructural para la educación contemporánea. Se pretendió reconocer que la IA transformó la vida en sentido general, y esto se manifestó en la forma de desarrollar el conocimiento, de relacionarse con los demás y en las decisiones tomadas para la solución de los problemas cotidianos. Ante esta transformación, la educación se asumió desde su rol crítico para discernir qué tipo de humanidad formar en un contexto donde la razón y el juicio corren el riesgo de ser externalizados hacia sistemas algorítmicos.

El humanismo fue un horizonte imprescindible para orientar el uso de la IA en la educación. La idea de que educar para hacer del ser humano un sujeto más plenamente humano, se reveló especialmente pertinente en un momento histórico en el que la tentación tecnocrática puede reducir al individuo a usuario, consumidor o dato.

La IA solo adquirió legitimidad ética al servicio de la vida, la dignidad y el desarrollo de la inteligencia y las capacidades humanas; no ser orienta desde esta dimensión, se consideró un factor de despersonalización y de control, donde un sistema algorítmico gobierna a su creador y a toda la sociedad.

Por tanto, el pensamiento crítico y la formación moral fueron el componente fundamental de una pedagogía capaz de dialogar responsablemente con la IA, con sujetos capaces de cultivar y comprender como: la producción de los saberes, quién diseña los algoritmos, qué intereses los orientan y los efectos generados. Esto implicó fortalecer la autonomía intelectual, la reflexión metacognitiva, la deliberación ética y la capacidad de resistir narrativas que presentan la IA como neutral, inevitable o autosuficiente.

La justicia educativa en la era digital exigió enfrentar la brecha tecnológica y las desigualdades de acceso y uso significativo de la IA. Sin políticas de inclusión, formación docente y gobernanza ética, la IA puede consolidar un mapa educativo fragmentado, en el que unos pocos se beneficien de tecnologías avanzadas mientras amplios sectores quedan relegados a la marginalidad cognitiva y social, con una gran parte de la población sin el derecho a estar informada.

Finalmente, el gran desafío ético de la educación en la era de la IA fue el desarrollo de la sensibilización y la conciencia desde un humanismo pedagógico en diálogo crítico; ello implicó asumirla como herramienta complementaria del proceso áulico enseñanza/aprendizaje, y no como recurso sustituto de la razón humana o mecanismo de automatización de la vida y de la mente, donde el docente se visiona como un mediador ético y epistémico que motiva la autonomía, la responsabilidad y el pensamiento crítico de los estudiantes en el uso de la IA.

 

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Conflicto de intereses

Los autores declaran no tener conflictos de intereses.

 

Contribución de los autores

Todos los autores revisaron la redacción del manuscrito y aprueban la versión finalmente remitida.

 


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